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sábado, 12 de septiembre de 2009

TRÁGICOS Y EXCÉNTRICOS

29/08/09 - Teatro: Ala de criados (Kartun)

Enero de 1919: mientras en la capital porteña se desata la famosa “Semana Trágica”, aquella de la huelga de obreros iniciada en los talleres Vasena, en Mar del Plata una familia de la alta aristocracia pasa sus vacaciones veraniegas sin darle, en apariencia, mayor importancia. 
En la primera escena de “Ala de criados”, la nueva obra de Mauricio Kartun, quien también la dirige, tres lánguidos jóvenes se asolean en la rocosa costa marplatense. No parecen preocupados más que de banalidades y quien primero habla es Tatana, la hermana menor, recientemente llegada del internado en Suiza: “las metáforas son cosa de putos”, proclama, dando el tono justo no sólo de la obra sino de su personaje, en la magistral actuación de Laura López Moyano. Su primo y su hermano no le prestan demasiada atención, pero en cuanto comienzan a hablar y a gesticular queda también claro el carácter de cada uno: Pedro (interpretado por Alberto Ajaka) es un aspirante a seminarista, siempre recto y contenido, mientras que Emilito (interpretado por Esteban Bigliardi, en una actuación sencillamente descollante) es un joven dilettante, un flojo, un típico “niño bien” porteño, preocupado por nimiedades, al borde mismo de la cobardía y la pusilanimidad. 
En este ambiente, con la sangrienta huelga como mar de fondo y la figura omnipresente del “tata” que dirige todos los hilos desde Buenos Aires, aparece un cuarto personaje que introducirá el drama, el amor, la sordidez y el conflicto: Pancho (interpretado por Rodrigo González Garillo) es una suerte de lacayo que duerme en el “ala de criados” sólo porque le prestan allí una habitación y es quien se dedica a lanzar las palomas para que los aburridos snobs se entretengan en el club de tiro a la paloma marplatense. Recio, varonil, un auténtico “guapo”, un personaje típico de la incipiente clase media porteña, esa que no está ni abajo de todo ni tampoco arriba y que para sobrevivir debe recurrir a la “engañifa” y a los peligrosos dobles juegos con unos y otros para salvarse. 
La joven Tatana queda impresionada ante este hombre “literal”, que desconoce qué cosa sea una metáfora (aunque sí sabe y practica la engañifa), tan diferente a todo lo que ella ha visto hasta el momento. La tensión sexual entre ambos es clara y contundente desde el primer instante en que se cruzan y es uno de los pivotes en los que la obra se asienta para sostener su dramatismo e interés. Interés que no decae ni por un segundo, a pesar de la longitud de la misma, que rebasa las dos horas de duración: el espectador está siempre atornillado a su butaca, con lo que queda demostrada no sólo la maestría de Kartun como dramaturgo sino también su perfecto conocimiento de los resortes que hacen que las historias avancen y, en este caso, el espectador junto con ellas. 
Pero otro de los pivotes sobre los que se asienta la obra es la huelga, la conformación de la Liga Patriótica y de otros grupos de apoyo a las fuerzas del orden que cundieron en aquellos días. En la abulia del verano marplatense, alterada sólo por los suaves disparos (“paff”) a las indefensas palomas, los porteños y Pancho deciden agitar un poco las cosas: ellos por diversión, Pancho por desesperación. Y luego de hacerle la seña convenida a Tatana para que lo vaya a visitar al ala de criados, el pequeño grupo comando conformado por los cuatro, sale a hacer destrozos en lugares como la Biblioteca Juventud Moderna, de donde se llevan como precioso y simbólico botín, entre otras, las tres obras claves de Emile Zola, padre del naturalismo: Naná, La bestia humana y Germinal. 
Así, en un ambiente de creciente efervescencia y delirio, quienes eran los débiles, los buenos para nada, los rechazados por inservibles, a los que ni siquiera su apellido de alta alcurnia les permitía ingresar a la Liga Patriótica, terminan siendo los opresores, los dominadores, los auténticos salvajes contra el único que tenían a mano: Pancho, el nadador de dos aguas, el que sólo sabía hacer engañifas, el que debía jugar sus cartas con la mayor astucia posible, el que rogaba a unos y a otros por su salvación sin lograrla. 
En resumen, una obra sencillamente magistral que a más de contar con actuaciones brillantes y los toques justos de grotesco y comicidad, revela un fino y delicado trabajo de restauración del lenguaje coloquial porteño de aquel entonces, en el que se mezclaban con total impunidad el inglés, el francés y el criollo más rancio y que es lo que, en opinión de esta cronista, le sirve a Kartun para fundar todo un universo digno de la mayor admiración. Una obra, además, para ayudarnos a pensar por qué hoy estamos como estamos, si aquellos fueron nuestros antepasados. 

Funciones: viernes a las 21hs, sábados a las 22.00hs, domingos a las 20hs.
Teatro del Pueblo: Diagonal Roque Sáenz Peña 943
Informes: 4326-3606
Entradas: $40 y $25 a jubilados y estudiantes

Links de interés:




A FAVOR DEL DESEO

23/08/09 - Teatro: Las González (Sacoccia)

En este domingo soleado y ya primaveral se realizó la función de prensa de “Las González”, obra de Hugo Sacoccia, con dirección de Néstor Romero y las actuaciones (verdaderamente estelares) de Catalina Speroni (Blanca), Ana María Castel (Porota), Cecilia Cenci (Rita) y Ángela Ragno (Genoveva). Como el mismo autor de la obra señala, se trata de un “homenaje a la mujer de todos los tiempos, esa que los pueblos de todas las razas acallaron por temor a su poder natural”. Pero no es sólo eso sino también una declaración, una carta abierta, un manifiesto teatral y poético a favor del deseo. 
El deseo (no sólo sexual sino el deseo entendido en su máxima expresión), ese cuco que gobiernos, preceptos y religiones quieren hundir, esconder, acallar y maniatar. El deseo, el motor que mueve a los seres humanos, el que les permite levantarse de la cama cada mañana y enfrentar lo que sea. El deseo, ese peligroso animal que anida en los corazones y que se multiplica y ofrenda sus primicias con todo candor cuando es una mujer la que lo esgrime. Cuán escandaloso no será, entonces, para las mentes bienpensantes, cuando se trata del deseo de una mujer mayor. Una mujer que ya debería estar “retirada” por no poder ser ya más el recipiente de la creación y su guía. Una mujer que ya debería estar recluida en la oscuridad de sus aposentos, dedicada a labores fútiles hasta que la mano piadosa de la muerte se la lleve. 
Pero no. No será así para la mayor de las González, cuatro hermanas que residen en algún perdido y típico pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires, uno de esos pueblos donde todos se conocen y donde todos se espían y se envidian mutuamente, un pueblo salido de las páginas de una novela de Manuel Puig. Donde se tejen y destejen soterradas pasiones y donde no está bien visto que una mujer mayor tenga deseos y los cumpla. El comportamiento franco y abierto, libre de prejuicios de Genoveva, la mayor de las González, sumerge a las otras tres en un torbellino de cambios que apenas pueden procesar. 
Las dos hermanas del medio (Blanca y Porota) se resisten a todo cimbronazo de su status quo y pretenden ponerle fin a la conducta “descocada” y “libertina” de Genoveva. Conducta que pone en peligro no sólo sus cimientos morales y sus nociones acerca de lo que una mujer debe ser, sino también su futuro económico, algo que las preocupa quizá mucho más que lo anterior. Ciegas a su propio deseo sólo pueden atacar el problema pensando que Genoveva ha enloquecido o que tiene una seria enfermedad. 
Será Rita, la menor de las González, la que primero comprenda y realice el cambio de actitud necesario para poder ella misma comenzar una nueva vida a la par de la que ya lleva su hermana mayor. Es de destacar el excelente trabajo actoral de Cecilia Cenci, quien logra darle el toque de candor, dulzura e inexperiencia ajustados a un personaje que se desliza por una fina línea, entre la eterna niña y la mujer que todavía no puede ser, pero que gracias a la luz que emana de su hermana mayor logra dar los primeros pasos hacia su propio deseo. 
Con diálogos desopilantes, situaciones de alto vuelo humorístico y actuaciones deslumbrantes (en especial, la de Catalina Speroni) se va desenvolviendo una trama bien llevada, deliciosa y amena por igual. El estoicismo aprendido, la servilidad frente al hombre, los deseos ocultos y reprimidos, el chismorreo descontrolado, la pacatería, la resignación, el olvido, los amores frustrados y la vida vegetal que llevaban esas tres mujeres sometidas a la ausente (pero igualmente presente) figura de un padre rector, se van derritiendo al calor de las nuevas experiencias de Genoveva, producto todas de su “entrenamiento de la actitud” y de su hermosa búsqueda en pos de lo único que vale la pena buscar en este y en todos los mundos posibles: la ternura. 

Funciones: domingos a las 19 hs
Teatro del Pueblo: Roque Sáenz Peña 943
Informes: 4326-3606
Entrada: $30

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miércoles, 2 de septiembre de 2009

PARÍS, AGUACERO, DOS HOMBRES, LA GLORIA Y EL ARTE

30/08/08 - Teatro: En París con aguacero (Papatino)

El sábado por la noche se estrenó, en el mítico y emblemático Teatro del Pueblo (fundado en 1930 por Leónidas Barletta), la obra En París con aguacero, con libro de Enrique Papatino, dirección de Enrique Dacal y las actuaciones de Víctor Hugo Vieyra (El General) y Cutuli (El Maestro). La obra, de una hora quince de duración, ha sido galardonada con el 2º Premio del Honorable Congreso de la Nación Argentina en el Concurso Anual de Ensayos "Legislador José Hernández", y no es para menos.

Con una puesta austera, en la que sólo el sonido dejó algo que desear, sobre todo en términos de verosimilitud, y apelando a las impresionantes dotes actorales de Vieyra y Cutuli, la obra alcanza momentos de hondísima coloratura dramática, siempre de la mano de un texto notable, en el que se aprecian no sólo las ineludibles cualidades de un buen dramaturgo (perfecta concatenación de las escenas, justa regulación de los picos dramáticos) si no también algo no tan frecuente como las habilidades de un experto narrador (dosificación adecuada de los hechos relatados, desvelamiento ni excesivo ni innecesario de las tramas que subyacen a la acción principal) y más todavía, las de un valioso poeta (precisas pinceladas poéticas en los parlamentos que tiñen la obra desde su título —un verso del recordado poeta peruano César Vallejo— y que la realzan desde el comienzo hasta el final sin caer nunca en la ampulosidad ni la ñoñería).
La acción transcurre en París, una noche de tormenta, al cabo de una fiesta donde han sido invitados El General, que no es otro que un viejo y achacoso San Martín, y El Maestro, el celebrado músico devenido gourmandise Gioacchino Rossini. Éste abre y cierra la obra, con una breve introducción en la que lo vemos ayudar al General a llegar a su casa, luego de que sus dolores, sus enfermedades, sus miserias le impidieran seguir en la fiesta. Después de ayudarlo a reponerse y de mantener con él una charla exasperada, animada, irónica, desesperada y conmovedora hasta poner la piel de gallina en más de una ocasión, Rossini retoma su papel de “narrador” o, si se quiere, de “presentador” y cierra el fantasmagórico —pero no imposible ni improbable— encuentro hablando de lo que sucedió luego en su vida y recordando a su amado/odiado rival Vincenzo Bellini, cuya música suena en ese preciso momento.
Pero, sin dudas, lo que merece un párrafo aparte es la actuación descollante de Víctor Hugo Vieyra encarnando a un San Martín profundamente humano, en el que no es posible reconocer a la adusta figura de bronce que marcó, con sus hitos, sus victorias y sus batallas, la infancia de muchas generaciones argentinas, presidiendo bulliciosos patios escolares, decorando cuadernos con su figura orlada de laureles en cada agosto, alimentando un mito que, gracias a esta obra, podemos ver tanto en su belleza y esplendor como en su más abyecta miseria. Un anciano adicto al láudano, un pobre hombre aquejado de dolores insoportables, perseguido por presuntos espías y que constantemente ve a la muerte, esa que no se lo llevó en ningún campo de batalla, “atravesado por un sable, a cielo abierto”, en la figura de su gato muerto es el San Martín que no figura en ningún Manual del Alumno Bonaerense pero es también el mismo que cruzó los Andes y que entrenó a un joven guerrero a su imagen y semejanza para tener la desdicha de verlo morir a manos del enemigo en su batalla más desdorosa, y es también el mismo que hizo todo lo que hizo por sus ideales, algo que muy pocos, en los días aciagos que corren, saben ya con qué se come.
Y no menos merece la actuación de Cutuli como Rossini, ese gran músico y compositor, niño mimado de las tertulias europeas más distinguidas, criado entre algodones y porcelanas de finos ribetes, ese pequeño ser arrastrado luego por el fango de la envidia hacia su rival Bellini, cuya muerte lo ha afectado más de lo que él cree, ese músico que se ha quedado sin nada para crear y necesita “robar” temas para su creación, a quien San Martín confunde con un espía en su delirio, cuando no es más que un artista fracasado a pesar de haber probado las mieles del éxito y de la fama mundana y que termina sus días siendo más conocido por los canelones que por su magnífico Barbero de Sevilla.
Los dos hombres, aunque parecen representar posiciones antagónicas, la lucha y los ideales por un lado, el arte y la creación por el otro, la gloria y la fama, están profundamente vinculados en tanto y en cuanto ambos han librado la misma batalla, cada cual con sus armas: la batalla contra la inutilidad, contra el vacío que acecha toda la existencia y que precisa, para que no seamos apenas seres que respiran y pasan sin dejar huella por el mundo, que le demos un sentido, una finalidad, un motivo por el que despertar cada mañana y seguir adelante, aunque sea inútil, aunque, justamente, no tenga sentido.

Funciones: sábados a las 22hs, domingos a las 18hs
Teatro del Pueblo: Sala Teatro Abierto, Av. Roque Sáenz Peña 943
Informes y Reservas: 4326-3606 / 4394-2639

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