miércoles, 2 de septiembre de 2009

PARÍS, AGUACERO, DOS HOMBRES, LA GLORIA Y EL ARTE

30/08/08 - Teatro: En París con aguacero (Papatino)

El sábado por la noche se estrenó, en el mítico y emblemático Teatro del Pueblo (fundado en 1930 por Leónidas Barletta), la obra En París con aguacero, con libro de Enrique Papatino, dirección de Enrique Dacal y las actuaciones de Víctor Hugo Vieyra (El General) y Cutuli (El Maestro). La obra, de una hora quince de duración, ha sido galardonada con el 2º Premio del Honorable Congreso de la Nación Argentina en el Concurso Anual de Ensayos "Legislador José Hernández", y no es para menos.

Con una puesta austera, en la que sólo el sonido dejó algo que desear, sobre todo en términos de verosimilitud, y apelando a las impresionantes dotes actorales de Vieyra y Cutuli, la obra alcanza momentos de hondísima coloratura dramática, siempre de la mano de un texto notable, en el que se aprecian no sólo las ineludibles cualidades de un buen dramaturgo (perfecta concatenación de las escenas, justa regulación de los picos dramáticos) si no también algo no tan frecuente como las habilidades de un experto narrador (dosificación adecuada de los hechos relatados, desvelamiento ni excesivo ni innecesario de las tramas que subyacen a la acción principal) y más todavía, las de un valioso poeta (precisas pinceladas poéticas en los parlamentos que tiñen la obra desde su título —un verso del recordado poeta peruano César Vallejo— y que la realzan desde el comienzo hasta el final sin caer nunca en la ampulosidad ni la ñoñería).
La acción transcurre en París, una noche de tormenta, al cabo de una fiesta donde han sido invitados El General, que no es otro que un viejo y achacoso San Martín, y El Maestro, el celebrado músico devenido gourmandise Gioacchino Rossini. Éste abre y cierra la obra, con una breve introducción en la que lo vemos ayudar al General a llegar a su casa, luego de que sus dolores, sus enfermedades, sus miserias le impidieran seguir en la fiesta. Después de ayudarlo a reponerse y de mantener con él una charla exasperada, animada, irónica, desesperada y conmovedora hasta poner la piel de gallina en más de una ocasión, Rossini retoma su papel de “narrador” o, si se quiere, de “presentador” y cierra el fantasmagórico —pero no imposible ni improbable— encuentro hablando de lo que sucedió luego en su vida y recordando a su amado/odiado rival Vincenzo Bellini, cuya música suena en ese preciso momento.
Pero, sin dudas, lo que merece un párrafo aparte es la actuación descollante de Víctor Hugo Vieyra encarnando a un San Martín profundamente humano, en el que no es posible reconocer a la adusta figura de bronce que marcó, con sus hitos, sus victorias y sus batallas, la infancia de muchas generaciones argentinas, presidiendo bulliciosos patios escolares, decorando cuadernos con su figura orlada de laureles en cada agosto, alimentando un mito que, gracias a esta obra, podemos ver tanto en su belleza y esplendor como en su más abyecta miseria. Un anciano adicto al láudano, un pobre hombre aquejado de dolores insoportables, perseguido por presuntos espías y que constantemente ve a la muerte, esa que no se lo llevó en ningún campo de batalla, “atravesado por un sable, a cielo abierto”, en la figura de su gato muerto es el San Martín que no figura en ningún Manual del Alumno Bonaerense pero es también el mismo que cruzó los Andes y que entrenó a un joven guerrero a su imagen y semejanza para tener la desdicha de verlo morir a manos del enemigo en su batalla más desdorosa, y es también el mismo que hizo todo lo que hizo por sus ideales, algo que muy pocos, en los días aciagos que corren, saben ya con qué se come.
Y no menos merece la actuación de Cutuli como Rossini, ese gran músico y compositor, niño mimado de las tertulias europeas más distinguidas, criado entre algodones y porcelanas de finos ribetes, ese pequeño ser arrastrado luego por el fango de la envidia hacia su rival Bellini, cuya muerte lo ha afectado más de lo que él cree, ese músico que se ha quedado sin nada para crear y necesita “robar” temas para su creación, a quien San Martín confunde con un espía en su delirio, cuando no es más que un artista fracasado a pesar de haber probado las mieles del éxito y de la fama mundana y que termina sus días siendo más conocido por los canelones que por su magnífico Barbero de Sevilla.
Los dos hombres, aunque parecen representar posiciones antagónicas, la lucha y los ideales por un lado, el arte y la creación por el otro, la gloria y la fama, están profundamente vinculados en tanto y en cuanto ambos han librado la misma batalla, cada cual con sus armas: la batalla contra la inutilidad, contra el vacío que acecha toda la existencia y que precisa, para que no seamos apenas seres que respiran y pasan sin dejar huella por el mundo, que le demos un sentido, una finalidad, un motivo por el que despertar cada mañana y seguir adelante, aunque sea inútil, aunque, justamente, no tenga sentido.

Funciones: sábados a las 22hs, domingos a las 18hs
Teatro del Pueblo: Sala Teatro Abierto, Av. Roque Sáenz Peña 943
Informes y Reservas: 4326-3606 / 4394-2639

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martes, 1 de septiembre de 2009

“TERROR Y MISERIA EN EL PRIMER FRANQUISMO”: 6 CAPÍTULOS DE UNA DICTADURA PARA PENSARLAS TODAS

17/08/08 - Teatro: Terror y miseria en el primer franquismo (Sanchis Sinisterra) 

Todas las dictaduras se parecen. Todas generan el mismo horror, el mismo terror. La misma incomprensión. Por eso no resulta extraño que el autor de la obra teatral “Terror y miseria en el primer franquismo”, José Sanchis Sinisterra, haya elegido una como ejemplo de todas. Y una con la que el espectador puede fácilmente identificarse y trasladar a su horizonte de expectativas, ya que en todas las dictaduras se cuecen las mismas y pútridas habas.
“Terror y miseria en el primer franquismo”, galardonada con el Premio Nacional de Literatura Dramática, por el Ministerio de Cultura de España, toma como modelo “Terror y miseria en el Tercer Reich” de Bertold Bretch, pero sólo como punto de partida: los seis “capítulos” o partes en que se divide la obra funcionan como un muestrario de los distintos abordajes posibles para un mismo horror. La obra pasa, sin desbarrancar nunca, por la comedia, el absurdo, la farsa y el más hondo drama gracias a su particular estructura: cada capítulo se inicia con los actores tarareando una canción, al modo de un auténtico coro de tragedia griega, mientras en la semipenumbra del escenario se realizan los ajustes necesarios para la representación.
Este aparente quiebre de la ilusión escénica funciona en realidad como un preludio, lo que se ve reforzado con el coro. Así, con una puesta minimalista, sin telón, sin decorados, sin aspavientos, sólo con los elementos mínimos e indispensables para lograr el ambiente y con una enorme presencia escénica de los actores se da comienzo a cada capítulo. Capítulo que también podría ser visto como una foto de un momento particular, fotos de un viejo álbum familiar en el que van desfilando los sueños, los deseos, las luchas, los ideales, la gloria, la decadencia no sólo de una familia, de un pueblo o de un país sino de la humanidad toda.
El capítulo que abre la obra se titula “Plato único” (representado por Fito Pérez, Alejandro Orlandoni, Stella Minichiello y dirigido por Claudia Quiroga) y es una muestra acabada del grado de hipocresía y, más aún, de ridiculez, al que llevan todos los fanatismos. Mediante pasos de comedia perfectamente logrados, el autor muestra aquí cómo un hombre, un modesto comerciante, sigue al pie de la letra los mandatos del Caudillo, transformándose él también en un pequeño caudillo (de pacotilla) con su empleado y su amante, quienes, en un gesto esperanzador, denuncian lo irrisorio de su poder. Con excelentes actuaciones y picos de hilaridad, este primer capítulo predispone al espectador para los próximos.
El segundo se titula “El anillo” (representado por Claudia Sánchez y María Forni, dirigido por Teresita Galimany) y ahonda en las máscaras y disfraces que es necesario adoptar para seguir subsistiendo en medio del horror. Dos primas vuelven de una fiesta pero rápidamente el ambiente festivo se disipa y junto con los zapatos y los vestidos caen también las máscaras: Marga y su marido han decidido transar con el poder para obtener beneficios económicos a cualquier precio; Carmina no acepta que su marido haya desaparecido y sigue esperándolo, convencida de que retornará y convencida también de que no se venderá al mejor postor como su prima. La relación asimétrica entre ambas va quedando de manifiesto, de manera gradual, a lo largo del capítulo para llegar a su máxima expresión en el final.
El tercer capítulo, “Intimidad” (representado por Annie Stein y Concha Milla, dirigido por Carlos Ianni), es sin duda alguna el momento de mayor dramatismo de la obra. Rápidamente el espectador se da cuenta de que transcurre en un campo de concentración. Dos mujeres intentan dormir pero el constante terror de que se las lleven se los impide. Allí, mediante soliloquios que erizan la piel y emocionan al mejor plantado, cada una expone sus temores, lo que le sucedió, cómo llegó hasta allí. El hacinamiento, las delaciones, las transacciones, todas las pequeñas —enormes— miserias que se producen en el microclima asfixiante del campo de concentración aparecen, como fulgores inapelables, en cada uno de los parlamentos de las mujeres. La intensidad lograda con apenas unas mantas y acertados cambios de luces es tanto más grande que si se hubiera reproducido al detalle una barraca de las tantas que hubo también en España.
El cuarto capítulo, “Dos exilios” (representado por Octavio Bustos y Daniel Bazán Lazarte, dirigido por Claudia Quiroga), presenta, atinadamente, escenas en paralelo de los exilios de dos hermanos. Uno, el exilio exterior, en México, donde, vale aclarar, fueron acogidos muchos refugiados españoles, entre ellos el escritor Max Aub, uno de los que mejor ha dado cuenta de la diáspora española en sus cuentos y novelas; el otro, el exilio interior, en su propio país, en su propio pueblo, en su propia alma. Mientras uno de los hermanos intenta “aclimatarse” sin lograrlo, el otro se ve perseguido por los fantasmas del pasado y también por los del presente. El momento más emocionante se logra cuando ambos “se encuentran” y tratan de decirse todo aquello que han querido decirse en tantos años de separación y de no saber nada uno del otro.
El quinto, titulado “El topo” (representado por Sebastián Villa y Claudia Quiroga, dirigido por Carlos Ianni), es quizás el menos eficaz de los seis, al menos en lo que a contundencia dramática se refiere, ya que las actuaciones son excelentes. Sin embargo, se tiene la sensación de que algo está faltando allí o quizás esta sensación pueda deberse a los altos e impactantes niveles alcanzados por los dos capítulos precedentes. En este caso, se presenta la historia de un joven que ha permanecido escondido, como un topo, por miedo a ser llevado, sin ser culpable de nada. Aunque la casa donde se esconde es periódicamente revisada (y dada vuelta cada vez que esto sucede), la astucia femenina de su novia hace que él nunca pueda ser encontrado. El drama se desata cuando Miguel proclama no aguantar más y estar dispuesto a entregarse antes que seguir viviendo así.
El último capítulo, “Atajo” (representado por Roberto Municoy y Román Lamas, dirigido por Teresita Galimany), es el punto más alto en cuanto a humor y absurdo se refiere. Dos personajes escapados de una novela mitad picaresca y mitad galdosiana se encuentran en una plaza y casi sin quererlo comienzan a espiar lo que sucede en una casa vecina. Pero esto no es lo importante: lo importante es el despliegue de humor, ironía, acidez y más todavía de vuelo literario que el autor se ha permitido en este capítulo final, donde abundan los juegos de palabras, las rimas y aliteraciones increíbles e hilarantes y donde la actuación de Roberto Municoy como don Abundio se “roba” el capítulo, si bien Román Lamas como don Bolonio no se queda un centímetro atrás. Ambos personajes exaltan y exacerban hasta el paroxismo todos los tópicos españoles esperables y los llevan más allá, haciéndolos universales.
Del mismo modo que la obra en su conjunto, con maestría singular, toma una dictadura particular para denunciar el horror de todas y para hacernos pensar en las dictaduras nuestras de cada día.

Hasta el 28 de septiembre
Funciones: Viernes y sábados 20.30 hs. Domingos 20 hs.
Entrada: $ 25. Estudiantes y jubilados: $ 15
CELCIT. Moreno 431. Reservas al 4342-1026

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“SIEMPREVIVA”, O LAS QUE NO DESEAN ENVEJECER JAMÁS

04/08/08 - Teatro: Siempreviva (Bril, Delavalle)

Erzébet Báthory, también conocida como la Condesa Sangrienta, no quería envejecer. Livia, la protagonista de “Siempreviva”, obra teatral de Fabián Bril y Marta Delavalle, tampoco. Mientras la primera, gracias a su condición noble y a los oscuros tiempos en que vivió —la Hungría del siglo XVI—, recurría a la tortura sistemática y al desangramiento, entra otras bellezas inadmisibles, de núbiles muchachas, la segunda, gracias a la pericia de los autores, encuentra un modo más sofisticado (y, si se quiere, más moderno, pero no menos cruel y perverso) para lograr el mismo imposible cometido.
“Siempreviva” viene a formar parte de una larga cadena de obras teatrales, poéticas y narrativas que se refieren a este inusual personaje histórico. La Condesa Sangrienta no sólo existió (y para tranquilidad de muchos, fue procesada y condenada a morir emparedada en su propio castillo, escenario de sus crímenes más horrendos: se llegaron a contabilizar hasta 650 muchachas muertas), sino que su figura suscitó los más variados textos y hasta la existencia de un grupo musical (de heavy-metal, para ser más precisos) que lleva su mismo nombre. Dos de las obras más importantes que su sangrienta estela ha dejado están en la base —y podría decirse que también en la mente de los autores— de “Siempreviva”.
Por un lado, la biografía novelada escrita por Valentine Penrose (La comtesse sanglante, 1962), voluminosa obra en la que se describe, con lujo de detalles, la vida de la lóbrega dama en cuestión, así como sus relaciones familiares, sociales y políticas. El texto, sin embargo, no hace hincapié en las escenas más morbosas y alucinantes sino que se limita a relatar, tras una larga investigación, el espeluznante caso. Aún así, y quizá porque Penrose, después de todo, también era poeta, ese texto logró capturar a esa otra dama (acaso sólo literariamente nocturna), que es la poeta argentina Alejandra Pizarnik. Así, en 1966, Pizarnik publicó en la revista Testigo, una nota (o, mejor, un relato poético, recogido en 1971 en libro), que tocaba los aspectos más densos y tenebrosos del libro de Penrose, precisamente aquellos donde ésta no había querido cargar las tintas.
Bril y Delavalle retoman entonces la idea rectora del personaje, su fiera y absoluta negativa a envejecer, su perversión, su insólita crueldad, y lo reencarnan en los años 50 y en la recientemente viuda Livia, una adinerada mujer argentina, una esclava más del deseo de no envejecer y del miedo irracional a lo inexorable: el paso del tiempo. Al igual que Erzébet, Livia tiene una obediente hasta la saciedad sirvienta, Nené, quien no sólo le proporciona los cuidados que su belleza marchita (mejor aún: marchitándose sin prisa y sin pausa) demanda, sino que también hace “experimentos”, consigo misma y con chicas provenientes de un orfanato, para conseguir el elixir que le permita a su ama ser lozana otra vez. La relación entre ambas, sádica por donde se la mire —pero también la más pura de cuantas Livia tiene—, marca el derrotero de la obra, en tanto ambas aparecen en el “escenario” en el principio y el final.
Y aquí, al menos tres puntualizaciones.
La primera concierne al teatro en el que esta obra se lleva a cabo. No es un teatro convencional. No hay telón. No hay butacas. Silencio de Negras es una casa reciclada del barrio de Constitución, cuya distribución ha sido sabiamente utilizada en función del drama y así, las escaleras, las habitaciones y hasta la puerta de calle son incorporadas al devenir de la obra, que transcurre, en su mayor parte, durante el velorio del marido de Livia, Avelino. Más todavía, el sorprendido espectador ingresa a un hall de recibo en el que hay dos coronas fúnebres sobre una de las paredes y en el extremo opuesto, un pequeño altar, con velas y cirios ardiendo, erigido en honor al difunto, cuya foto trasunta una ligera inquietud. Una mucama ofrece, tímida, algo azorada (se nota que es nueva en sus funciones), una copa de vino a los recién llegados y luego los hace pasar a la “sala central”: dos habitaciones “de la casa”, delimitadas por los acertados cambios de luces. Unas estrechas gradas colocadas en la larga pared del fondo permiten al espectador observar y asistir a todo lo que sucede desde muy cerca, pero sin que la necesaria distancia escénica se pierda en ningún momento.
La segunda puntualización involucra al actor principal de la obra, César Elloy, en su magnífica interpretación de la condesa sangrienta, ahora devenida en una suerte de diva hollywoodense porteña. Es una línea muy fina la que le toca transitar, en tanto fácilmente podría caer en la caricatura o en la mera burla, cosa que no sucede, ni siquiera cuando debe mostrar los costados más grotescos del personaje. Elloy logra acondicionar su voz de modo que suene con los imperativos acordes de una poderosa, una persona a quien nunca nadie le ha dicho “no”. Pero Livia es una mujer dueña de un poder que se extingue fatalmente, haga lo que haga y le suplique a quien le suplique, y así lo demuestra su composición del personaje. Todo esto, desde luego, sin desmerecer el excelente trabajo del resto del elenco, integrado por Carla Vidal, Eugenio Tourn, Marta Haller, Ivana Caballero y Pablo Giles.
La última puntualización tiene que ver con las resonancias literarias presentes en la obra. Si bien está muy lejos de la poética —y desgarradora— condesa pizarnikiana, ecos de los textos en prosa menos frecuentados de la misma poeta resuenan en “Siempreviva” en los momentos en que la obra, por ejemplo, para descomprimir un poco su dramatismo, apela al humor procaz, así como al más ingenuo. También numerosos detalles vinculados con el mundo poético de Pizarnik aparecen, como las referencias a la niñez, a la oscuridad y la cajita musical que con gran acierto suena en el punto más alto de la puesta. La lograda ambientación, el vestuario y el registro coloquial de los diálogos, a su vez, nos evocan a ese otro gran autor argentino, tan en consonancia con la época, los nombres y la circunstancia elegida por los autores, que es Manuel Puig.
“Siempreviva” no sólo le da una más que interesante vuelta de tuerca al (in)comprensible deseo de no envejecer jamás, a la sed de juventud y belleza, a la siempre quimérica vida eterna a la que todos, del modo que sea, aspiramos. También, al par de inscribirse en esta notable ascendencia literaria integrada, como vimos, por Penrose y Pizarnik, entre otros, pone en escena un tema de intensa actualidad, porque ¿qué otra cosa son si no pequeñas y menos crueles condensas sangrientas todas esas mujeres que no dudan un instante en entrar en asépticos quirófanos cada seis meses o en recibir pinchazos de botox, muy parecidos a los pinchazos con largas y finas agujas que Erzébet prodigaba a sus costureritas rebeldes?
Como vemos, esto es tan antiguo como el mundo, ya que, en definitiva, se trata de matar al tiempo, “ese asesino que mata huyendo”.

Estreno para público: viernes 11 de julio, a las 22:30
Funciones: viernes, 22:30hs
Silencio de Negras: Luis Sáenz Peña 663

La obra sigue actualmente (septiembre 2009) en cartel. 

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